¿Qué será la música?
Milagro del arte. Las muchas definiciones de la música sugieren su esquiva esencia: el misterio sigue. Hoy nos haremos una pregunta. Bella, muy bella. Una pregunta para la que no hay respuesta; o, mejor dicho, sí las hay, pero todas parciales, ninguna definitiva. ¿Se han ustedes dado cuenta de que para las cosas más hermosas del mundo no hay definiciones posibles? El amor, la vida, el deseo, la fe…Quién se atreve a decirnos con exactitud qué cosa son? En cambio –¡qué pereza!–, cualquiera puede definir qué cosa es un sándwich de jamón o un resfrío. Pues bien, hoy trataremos de definir qué es la música. El tema vale más por la pregunta que por las respuestas. Aquí vamos.Un lenguaje. Sin duda. Ello presupone por lo menos un emisor, un código y un receptor; pero resulta que la música es más complicada: requiere un mediador entre el compositor y su público, y este es el intérprete. Cuando vemos un cuadro o una escultura, podemos gozar de ellos directamente. Cuando escuchamos una sinfonía, necesitamos ineludiblemente setenta músicos infundiéndole vida a una partitura que, sin ellos, es letra muerta. ¿De qué nos sirve un compositor sin intérpretes y sin público? ¿De qué nos sirve un intérprete sin compositor y sin público? ¿De qué nos sirve un público sin compositor y sin intérpretes?Aquellos es lo propio de las artes escénicas: el actor funge como intermediario entre el dramaturgo y el público, el bailarín entre el coreógrafo y la audiencia. Una vieja partitura que yace, cubierta de polvo, en el limbo de los estantes de una biblioteca cualquiera… ¿Pueden ustedes imaginarse algo más muerto?
El tiempo. En el sentido etimológico del término, la música es un arte crónico; esto es, solo existe en el tiempo. Una sonata de Beethoven o la más sencilla tonada popular son esencialmente una duración. ¿Podrían ustedes concebir una pintura fuera del espacio? ¿Podrían ustedes concebir la música fuera del tiempo? El tiempo es la condición de posibilidad de la música, su horizonte, su natural latitud. El ritmo no es otra cosa que una manera de organizar relaciones temporales: lo que es lento, lo que es rápido, lo querallenta , lo que acelera, la ubicación regular o irregular de los acentos… El tiempo es el lienzo de la música, como el espacio es la patria de la plástica.Un quehacer humano. Es un lugar común hablar del canto de las aves, de las ballenas, del viento, de las olas… Ciertamente, las ballenas tienen sistemas de signos sonoros que les permiten comunicarse entre ellas, pero ¿podemos realmente llamar ‘música’ a estos instintivos lenguajes? Un gato caminando sobre el teclado de un piano, ¿está haciendo música? No. La música es una creación específica y distintivamente humana. Implica una sensibilidad y un código estético del que ningún animal es capaz. Los sonidos de apareamiento de los cocodrilos no son música, son parte de su sistema innato de reproducción.Así pues, desconfiemos de las bellas pero inexactas metáforas que nos proponen un modelo de música cósmica, animal o mineral. El ser humano surge a la vida en un océano de sonidos, algunos bellos y arrulladores, otros estridentes y aterradores, pero la música requiere una conciencia que organice este material sonoro de manera coherente.Un experimento. En una oportunidad nos tocó asistir a un concierto consagrado a lo que los modernos compositores llaman “música aleatoria”. Les contaremos nuestra experiencia. Sobre la escena se ubicaron ocho personas con sus respectivos aparatos de radio, y, enfrente de ellos, un director debidamente ataviado, con melena echada para atrás, batuta en mano y atuendo impecable. A sus señales, los “músicos” subían o bajaban el volumen de los radios y cambiaban o mantenían sus frecuencias: por momentos emergía la voz de un locutor deportivo, luego se subsumía para dar lugar al ritmo inconfundible de un tango, mientras en otro aparato quizás se escuchaba un programa de concursos en contrapunto con una sinfonía de Beethoven o un noticiario.Por supuesto, el resultado de ese maremagno era impredecible y cambiaba radicalmente de un día para otro. He ahí por qué la llamamos “música aleatoria”. Nadie podrá negar que en este caso hay una mente que organiza ciertamente los fenómenos sonoros a los que el público asiste, los provee de un marco, de un espacio acotado y, en cierto modo, regulado, pero ¿podemos decir realmente que esto es música? No, según nosotros, pero con seguridad muchos discreparían de tal criterio.La expresión de las emociones. ¿Por qué no? Esta es una definición que nos gusta. Sin embargo, ello reduciría a la música a una especie de naturalismo de las emociones, un constante “reportaje” de los sentimientos. Además, tal atributo no sería exclusivo de la música: la poesía, la danza, el cine y la pintura son vehículos igualmente eficaces para la expresión emocional. Por otra parte, hay piezas musicales consagradas que, más que emociones, nos relatan historias muy concretas, tal y como lo haría una novela, pongamos, de Balzac. La obertura 1812, de Tchaikovsky, más que inefables sentimientos, nos cuenta una historia: la de la derrota del ejército napoleónico a manos del ruso en 1812. ¿En qué quedamos, pues?El calidoscopio. Personajes tan ilustres como el crítico Edward Hanslick (De lo bello en la música) y sobre todo Igor Stravinsky (Poética musical), han negado que la música sea un lenguaje y que sea capaz de expresar algo, así sean sentimientos o batallas históricas. Para ellos, la música simplemente no expresa nada. Son “formas sonoras en movimiento” o, como diría Stravinsky, “un calidoscopio sonoro”. ¿Puede acaso decirse que un calidoscopio, por bellas que sean las visiones que nos ofrezca, exprese algo? ¿No será posible concebir la música tan solo como un delicioso juego de sonidos, hermosísimo pero incapaz de expresión? Después de todo, si de expresión se trata, ¿no son más eficaces la prosa, el cine o la pintura figurativa? Bien sabemos que esa definición resultará inaceptable a muchos de nuestros lectores, pero no por ello deja de merecer consideración.Conclusión. Pues, señores, la conclusión es que no hay conclusión, que todas las anteriores definiciones tienen algo de verdad, pero que es mucho lo que dejan por fuera. La música no es –pero tampoco deja de ser– todas esas cosas. Permítasenos, sin embargo, señalar algo muy importante. Cuando escuchamos un chiste y queremos reproducirlo, podemos muy bien cambiar las palabras exactas con las que lo escuchamos sin que la anécdota pierda comicidad; pero si, después de escuchar una pieza de música, somos incapaces de recordar el perfil exacto de la melodía, quizás su ritmo o siquiera el instrumento que la ejecutó, nos quedaremos absolutamente sin nada. O somos capaces de silbar el tema, o tendremos que limitarnos, en el mejor de los casos, a rendir un informe del sentimiento que en nosotros produjo (y eso no es la música: es simplemente una resonancia emocional).La razón profunda es esta: en la música, como en la poesía, el “fondo” y la “forma” son indiscernibles, inseparables: uno le pertenece a la otra como una expresión a un rostro. Es un arte que se dice a sí mismo, sin por ello dejar –cuando el compositor así lo quiere– de expresar elementos extramusicales. He aquí quizás la definición que nosotros propondríamos; eso y –¡casi se nos olvidaba!– la cosa más bella y universal que el ser humano haya jamás creado. EL AUTOR ES ESCRITOR Y MÚSICO. HA GRABADO, AL PIANO, DISCOS DE MÚSICA CLÁSICA Y ROMÁNTICA. ES EMBAJADOR DE COSTA RICA ANTE LA UNESCO.





