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¿Quién no se enamora con el Bolero de Ravel?

ravel1.jpgPor: Alberto Duque López

Al escucharlo por primera vez, desconcierta. Casi no se oye y algunos, si no lo conocen, corren a subir el volumen del equipo y pronto tienen que regresar a bajarlo. Insinuante, erótica, envolvente, sugestiva, contagiosa: así es la música de este “Bolero” compuesto por uno de los más grandes creadores  de todos los tiempos, Maurice Ravel (Siboure, Pirineos Atlánticos, en el país vasco francés, 7 de marzo de 1875 – París, 28 de diciembre de 1937), como homenaje a una mujer y muestra de un talento que renovó, alteró, transformó, amplió y personalizó muchos conceptos de

la Música del siglo pasado.

Ese Bolero ha figurado a lo largo de los años como una de las piezas favoritas de quienes llaman a las emisoras cultas y lo piden; los que compran el CD y hacen que la amada lo escuche, o quienes en un rapto de provocación miran la película “10” en la que una perfecta Bo Derek, desnuda, espera en la cama a un vacilante Dudley Moore para agradecerle que hubiera salvado al marido, arrastrado por la corriente en las playas de Cancún. Para que la seducción sea perfecta ella hace sonar la que considera la música amorosa más insinuante y perfecta, el Bolero.

Dicen los estudiosos de la obra no tan vasta de Ravel, compuesta por 111 títulos que conforman la que algunos califican como valioso aporte a la transformación musical de todo un siglo (86 originales y 25 adaptaciones o arreglos), que supo traducir los vaivenes sociales y políticos de su época, especialmente esa I guerra mundial que alteró muchos conceptos que se tenían del arte, con el concepto tan cercano de la muerte.  

Su padre, Joseph, era ingeniero y la madre, de origen vasco tenía raíces españolas. Ese lazo sería una influencia definitiva en la composición de algunas de sus mejores y más populares obras  como “Habanera”, “Pavana para una infanta difunta”, “Rapsodia española”, “Bolero” y “Don Quijote a Dulcinea”.           .

A los seis años aprendió a tocar el piano. Poco disciplinado, perezoso y sin una formación estricta que le ayudara a componer un mayor número de obras (él mismo lo diría ante sus amigos en las largas veladas sociales que protagonizaba: a diferencia de Mozart y otros artistas, componer no le era fácil), el padre tenía que ofrecerle dinero para que aceptara esas clases de armonía, contrapunto y composición cuando apenas tenía 12 años de edad.  Como él mismo aceptaría, el ambiente musical en París era tan vasto que cualquiera se sentía contagiado.

Ingresa al Conservatorio en 1889 y el genio que ya estaba latente se dispara, incontrolable y rebelde. Alumno de Charles de Beriot, se hace cómplice de un excelente pianista español, Ricardo Viñes, intérprete de sus obras más destacadas y participantes de un grupo escandaloso, Los Apaches, que se tomó la sala durante el estreno de “Peleas y Melisanda” de su ídolo más grande, Claude Debussy, en 1902.

Las influencias ya son notorias. La música de países del Oriente, las composiciones de dos transgresores como Chabrier y Satie; la obra de consagrados como Mozart, Saint-Saens, Debussy. Baudelaire, Poe, Condillac y Mallarmé, todo ello se siente en sus primeras composiciones, “Balada de la reina muerta por amor”, “Serenata Grotesca” y “Habanera para dos pianos” sin cumplir los 20 años.

Alumno de Gabriel Fauré y  André Gedalge sigue componiendo con fervor y “Obertura de Sheherezada” y “Pavana para una infanta difunta” se convierten en auténticos desafíos para colegas, críticos y melómanos.

En esa época bulliciosa recibe un baldado de agua fría al perder en sus aspiraciones de ganarse el premio de Roma a los mejores compositores jóvenes, en 1901, 1902, 1903 y 1905. El joven Ravel poco a poco es señalado como futuro sucesor del gran compositor francés del momento, Debussy, y los melómanos y los críticos llegaron a encontrar elementos mutuos en la obra de ambos, provocando una gran controversia.

Compone obras como “Juegos de agua” para piano, “Historias Naturales”, “Cuarteto de cuerdas en Fa Mayor”, “Espejos”, “Sonatina para piano”, su legendaria “Rapsodia Española” otra de sus obras más populares; “Mi madre

la Oca” (suite para piano sobre historia infantiles); “Gaspar de la noche” considerada su obra maestra para piano.

En 1911 estrenó su ópera “La hora española” y recibió la peor reacción por parte de críticos y espectadores. Un año después también fracasaría al estrenar “Dafne y Cloe” con los Ballets Rusos de Serge Diaghilev, y en 1913 acompañó a su amigo Stravinski en el escandaloso estreno de “La consagración de la primavera”.

Estalla la guerra en agosto de 1914, es rechazado por su corta estatura, logra enrolarse como conductor de una ambulancia, es operado de peritonitis y en homenaje a las víctimas de la contienda compone seis piezas para piano, “La tumba de Couperin”. Cuando muere Debussy en 1918, Ravel se convierte en la estrella de la música francesa, rechaza

la Legión de Honor y compone dos obras gigantescas, “

La Valse” y “Sonata para violín y cello”.

En 1921 se encierra en una casa campestre a pocas horas de París donde, solitario, se dedica a componer, recibir a sus innumerables amigos, discípulos y admiradores para quienes la casa de convierte pronto en un museo, llena de trenes eléctricos, juguetes japoneses y chinos (pasatiempo heredado de la madre), libros, revistas, pinturas, pianos e instrumentos musicales, y un ambiente del cual saldría en pocas ocasiones, como en 1925, cuando estrena “El niño y los sortilegios”, ópera con textos de Colette.

En 1928 su sensibilidad dio un vuelco profundo al conocer, durante su gira de varios meses por Estados Unidos y Canadá, las riquezas del jazz, los blues, el soul y especialmente al encontrarse con quien se convertiría en un gran amigo, el compositor George Gershwin.

Regresa a su casa y para responder al encargo de la bailarina y coreógrafa Ida Rubinstein, adapta una antigua danza andaluza, compone el Bolero que se toma un cuarto de hora, tiene dos temas y una cantinela y lo estrena en noviembre de 1928 ante la sorpresa de algunos y el escándalo de otros. Compone luego y estrena su hermoso “Concierto para la mano izquierda”, en homenaje a un pianista herido durante la guerra, “Concierto en sol” también para piano y orquesta y sus tres canciones de Don Quijote a Dulcinea, sobre un poema de Paul Morand. Los últimos cuatro años de su vida los pasó encerrado, sin hablar con nadie, sin componer y víctima de una enfermedad degenerativa del cerebro, causada por un golpe sufrido  durante un accidente.


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